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NIELLE
NOVELA
art-felx.com

CAPÍTULO XVIII — EPÍLOGO

La lluvia había dejado de caer con violencia, pero todavía respiraba en los canalones, en las hojas bajas del parque y en las grietas de la acera. La calle de la Paz Gloriosa, lavada hasta los huesos, ya no parecía una calle. Parecía una larga cicatriz negra, recosida por los reflejos temblorosos de las farolas.

Damien permanecía sentado en la vivienda vaciada de sus espectros. La maleta abierta a sus pies. El revólver inútil, todavía envuelto en una toalla. Todo había sido revisado. Todo había sido removido como una tierra enferma. Nielle, Mylène, Lysianne, Marilyn, Bichoune, los Brouillette, los pasos en la escalera, las voces del tercero, los años perdidos: tantos rostros, tantas fiebres, tantos fragmentos que creía haber depositado por fin ante sí.

Respiraba mal, pero respiraba.

A eso lo llamaba ahora una victoria.

Un golpe de viento levantó la ventana mal cerrada. Unos papeles temblaron sobre la mesa. El periódico de la mañana, abandonado allí por el ocupante del lugar o deslizado bajo la puerta por la costumbre anónima del barrio, se abrió bruscamente como una boca demasiado tiempo cerrada. La primera página se irguió, luego volvió a caer, ofrecida a sus ojos.

DAMIEN D. IDENTIFICADO COMO PRESUNTO CONDUCTOR FUGADO EN LA MUERTE DE UN SIN TECHO LA NOCHE DE LA LLUVIA

Un hombre sin domicilio fijo, hallado muerto en una pequeña calle residencial del centro-sur, habría sido arrollado por un coche durante el violento chaparrón del martes por la noche. Según los primeros elementos de la investigación, el conductor habría seguido su camino sin prestar auxilio a la víctima.

Rastros de pintura, la declaración de un taxista así como ciertos testimonios recogidos en el vecindario habrían permitido a los investigadores remontarse hasta un Ford perteneciente a Damien D., antiguo residente del sector. Sin presentar cargos oficiales al cierre de esta edición, la policía afirma haber rastreado el nombre del presunto conductor fugado y desea interrogar a este hombre sin demora para establecer las circunstancias exactas del drama.

La víctima, un hombre de unos cincuenta años, aún no había sido formalmente identificada al cierre de esta edición. Las autoridades creen, sin embargo, que se trataba de un sin techo conocido por los comerciantes del barrio, a menudo visto cerca del parque que bordea la calle de la Paz Gloriosa.

Damien leyó el titular una vez. Luego dos. A la tercera, las palabras dejaron de ser palabras. Se convirtieron en piezas de metal calentadas al rojo vivo que alguien le hundía lentamente bajo la piel.

La noche de la lluvia.

El Ford.

El golpe sordo.

Aquella sombra que se había negado a ver.

Se llevó una mano a la boca. Nada salió. Ni grito, ni oración, ni blasfemia. Solo una expiración breve, casi avergonzada, el aliento de un hombre al que la verdad acababa de alcanzar sin correr.

— No… murmuró. No. Eso no.

Pero la memoria, que toda la noche le había servido de teatro, de tribunal, de altar y de fosa común, se negó esta vez a obedecerlo. Ya no consintió la estética del dolor. Le impuso la sequedad brutal del hecho.

Había retrocedido.

Había golpeado.

Había continuado.

Volvió a ver la lluvia sobre el parabrisas, los limpiaparabrisas desbordados, los faros ahogados, la calle transformada en túnel de agua negra. Volvió a ver su propio rostro en el retrovisor que no había consultado. Volvió a ver la sombra. O más bien la ausencia voluntaria de la sombra. Porque la había visto. No lo bastante para saber. Suficientemente para no poder decir ya que lo ignoraba todo.

— Tomé a un hombre por un objeto.

La frase, tan simple, le produjo más asco que todas sus antiguas tiradas. Toda su vida había transformado mujeres en musas, vecinas en apariciones, silencios en mensajes, rechazos en destinos. Y ahora, en el momento más real de su vida, había hecho lo contrario: había transformado a un hombre en cosa.

Había creído venir aquí para arrancar a Nielle de sí mismo. Desarraigarla. Expulsarla de su memoria como se ahuyenta una fiebre, como se renuncia a una ilusión que se ha vuelto demasiado peligrosa. Pero cuanto más intentaba borrarla, más retomaba ella forma con una precisión cruel.

Nielle ya no era solamente una mujer. Se había convertido en la cámara secreta de su alma. Una voz, un perfume, una silueta en la escalera, una respiración encima de él, y todo su ser había basculado. La había amado con un amor imposible, desproporcionado, casi monstruoso a fuerza de soledad. Un amor que no había sabido hacerse carne, que no había encontrado su lugar en la realidad y que, por no haber sido vivido, se había convertido en religión interior.

La había amado antes incluso de conocerla realmente. Eso era lo que lo condenaba. Había amado la aparición antes que la persona, el signo antes que el rostro, el sueño antes que la mujer. Había amado sus pasos en el techo, los silencios de su vivienda, la música que escapaba de sus ventanas, los perfumes que bajaban la escalera antes que ella. Había amado lo que ella ignoraba dar. Había amado lo que ella nunca le había prometido.

Y, sin embargo, incluso al comprenderlo, no podía reducirla a una ilusión. Nielle había existido. Había respirado encima de él, caminado por el patio, hablado, reído, sufrido, vivido. No era responsable de la catedral enferma que él había construido alrededor de su nombre. Pero aquel nombre, en su espíritu, había ocupado el lugar de todo: la belleza, la culpa, la espera, la carencia, la absolución imposible.

La había amado como a veces aman los hombres perdidos: no para ser felices, sino para dar un nombre a su abismo. La había amado contra sí mismo, contra Mylène, contra Marilyn, contra la vida ordinaria, contra el tiempo. La había amado hasta confundir a la mujer real con la criatura de sueño que había esculpido en sus noches.

La había amado también contra la muerte. Quizá eso era lo más terrible. Nielle había sido, durante todos esos años, la prueba imaginaria de que no estaba completamente acabado. Mientras pudiera sufrir por ella, mientras pudiera convocar su rostro, mientras pudiera reabrir aquella herida con la precisión de un sacerdote que vuelve a encender un cirio, se creía todavía vivo. Su amor no había sido solamente una pasión. Había sido su último sistema de supervivencia.

Y ahora, al término de aquella travesía, comprendía que nunca había querido realmente olvidar a Nielle. Había querido ser liberado del sufrimiento de amarla. Matiz terrible. Porque el amor, por su parte, permanecía intacto, enterrado bajo los escombros, semejante a una brasa que se niega a morir.

El periódico temblaba entre sus manos. El sin techo, la lluvia, el coche, el golpe, el nombre del presunto conductor fugado: todo eso pertenecía al mundo real. Pero Nielle, ella, pertenecía a aquel territorio más vasto y más implacable donde Damien siempre había vivido. Era su crimen sin víctima aparente, su milagro sin salvación, su cielo privado y su infierno particular.

Se levantó. Le temblaban las piernas. Quiso ir hacia la puerta, hacia la calle, hacia la policía, hacia cualquier forma de consecuencia. Pero la vivienda empezó a girar a su alrededor. Las paredes, aquellas cómplices mudas de sus recuerdos, le devolvían el eco de sus propios desdoblamientos.

Damien recordaba aquella antigua tentación, tal vez más antigua aún que Nielle: la tentación de elevarse por encima de sí mismo, de disfrazarse de signo, de elegido, de víctima sagrada. En sus noches más hinchadas de orgullo y humo, había soñado con ser más que un hombre. No un simple artista fracasado. No un marido fugitivo. No un padre torpe. No un pequeño soñador herido. No. Algo más vasto, más peligroso, más absurdo.

— ¿El carisma de un Cristo, aunque fuera anónimo, te hechizaría? le había preguntado ya a la ausencia de Nielle.

La frase volvió a él con una precisión innoble. La había pensado, escrito o pintado, poco importaba. Le pertenecía. Como también le pertenecían aquellos nombres grotescos: Petrus Romanus, Kristos Anonymus, profeta de pacotilla o anticristo de habitación. En sus extravíos, se había preguntado si debía salvar a alguien, derrocar a Dios, castigar el cielo, fecundar los símbolos, repintar el mundo con colores de blasfemia.

Recordaba el mural. Las salpicaduras rojas. La habitación apestada por la pintura. Marilyn transformada en María Magdalena, su propio perfil coronado por la demencia. Recordaba aquella frase, más justa de lo que había querido: « Confieso una tendencia consciente a la esquizofrenia. » No la enfermedad como diagnóstico erudito, sino el llamado obsceno del desdoblamiento; el deseo malsano de hundirse lo bastante lejos en la locura para modificar su percepción del mundo y, por orgullo, el mundo mismo.

Nadie cree a los locos. Eso era lo que lo había fascinado. En aquel rechazo general, había encontrado una libertad vergonzosa. Puesto que nadie lo tomaba en serio, podía imaginarlo todo. Puesto que nadie lo seguía, podía creerse precedido por el cielo. Puesto que nadie lo amaba como él exigía, podía consagrarse a sí mismo mártir del amor.

Pero el sin techo, él, no pertenecía al símbolo.

Un hombre había muerto.

Ningún juicio interior, ningún alegato de bufón, ninguna corte celestial podía absolverlo. Sin embargo, por viejo reflejo, tuvo la tentación de convocar el tribunal imaginario.

— ¡Su señoría! ¡Señoras y señores del jurado! Miren atentamente a mi cliente. ¿Tiene realmente aspecto de culpable? Sus cabellos, su barba, sus ojos quemados, su piel amarillenta por el humo, su aire de profeta desclasado… ¿no aboga todo eso ya por la irresponsabilidad?

Se interrumpió a sí mismo con una risa seca. La risa no duró. Le cortó la garganta.

— No. Esta vez, no.

No habría alegato. No habría Kristos Anonymus. No habría Petrus Romanus. No habría anticristo cansado, ni Cristo eunuco, ni gigoló discreto del Evangelio, ni rey miserable, ni bufón del rey salvado por el amor de los pobres. Todos aquellos personajes, aquellos disfraces del ego, aquellas armaduras religiosas, se derrumbaban a su alrededor con el ruido mojado de un viejo cartón.

Era solamente Damien.

Damien que había llorado bajo la lluvia.

Damien que no había mirado detrás de sí.

Damien que, para ir a salvar su alma, quizá había tomado la de otro.

Entonces, la esquizofrenia que en otro tiempo había llamado, provocado, casi cortejado, ya no se le apareció como una puerta hacia la grandeza, sino como una grieta ordinaria por la cual el hombre huye de sus actos. Comprendió la abyecta facilidad de decirse doble: el que golpea, el que no sabe; el que ama, el que destruye; el que sueña, el que mata; el que se cree Cristo, el que abandona un cuerpo en la calle.

Ya no quería esa facilidad.

El periódico resbaló de sus manos. En la página abierta, el titular seguía siendo legible, enorme, casi vivo. La lluvia, que volvía en ráfagas contra la ventana, parecía querer lavar la tinta. No lo lograba.

Damien se agachó, recogió el diario y lo dejó sobre la mesa con una lentitud ceremoniosa. Fue hacia la maleta. El revólver estaba allí, pequeño animal frío, todavía envuelto en su toalla. Lo miró largo rato. La vieja solución. El agujero negro portátil. La salida fácil maquillada de tragedia.

— Morir ahora sería seguir soñando, dijo.

Cerró la maleta sin tocarlo más.

Un cansancio inmenso le cayó sobre los hombros, pero esta vez no tenía nada de lírico. No era el cansancio del poeta herido ni el del amante imposible. Era el cansancio desnudo del hombre que tendrá que responder. Ante la policía. Ante los vivos. Ante los muertos. Ante sí mismo, sobre todo, aquel testigo intratable al que siempre había conseguido distraer con imágenes.

Tomó su abrigo. En el bolsillo interior, sus dedos encontraron una vieja fotografía de Nielle. La sacó, la miró sin fiebre. El rostro que lo había obsesionado durante años le pareció de pronto pertenecer a otra religión, a una secta íntima cuyos dogmas acababa de abjurar.

Ella no era responsable.

Ella no lo había salvado.

Ella no lo había perdido.

Ella había vivido.

Eso bastaba.

— ¿Qué queda de ti? preguntó a la fotografía.

Nada respondió. Y aquel silencio, por primera vez, no tenía nada de cruel.

Habría querido pedirle perdón. No porque la hubiera amado — amar, incluso mal, no siempre es un crimen — sino porque la había encarcelado en su delirio. Había hecho de ella un templo, una herida, una prueba, una sentencia. Casi nunca le había permitido ser simplemente una mujer, con sus días ordinarios, sus indiferencias, sus flaquezas, sus deseos desconocidos para él.

— Te soñé demasiado, murmuró.

Aquella frase le pareció más verdadera que todas las demás. No había amado demasiado a Nielle. La había soñado demasiado. Y en aquel exceso de sueño, había perdido la medida de lo real. Había confundido el amor con la adoración, la espera con la fidelidad, el sufrimiento con la profundidad. Había creído que la intensidad daba derechos. No daba ninguno.

Depositó la fotografía sobre el periódico, debajo del titular. El amor antiguo y el crimen nuevo se tocaron sin comprenderse.

Luego caminó hacia la escalera.

Cada paso le costaba. El corredor se estiraba ante él. La barandilla ondulaba en la penumbra. En lo alto de los escalones, Damien se detuvo. La madera gastada descendía ante él, oscura, estrecha, casi líquida.

Puso la mano sobre la barandilla.

— Voy a ir, dijo.

¿A quién hablaba? ¿Al sin techo? ¿A Nielle? ¿Al niño que había sido? ¿Al Cristo anónimo que despedía por fin? No lo sabía.

Una náusea violenta le subió a la garganta. El rellano basculó. Las paredes se acercaron. El primer escalón desapareció ante sus ojos.

Damien quiso sujetarse.

Su pie falló el apoyo.

Cayó.

Su hombro golpeó la pared. Su mano agarró el vacío. Su cráneo chocó contra un escalón, luego otro, antes de romperse contra la parte baja de la escalera con un ruido sordo.

Después de eso, nada más.

Afuera, el cielo volvió a llover.

--------------- FIN ---------------