La novela está en proceso de escritura.
CORAZÓN DE TELAS
FICCIÓN
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Capítulo 1

"...Como un funámbulo sin red, escribía sin esquema. Me sentía solo y demasiado aislado para continuar la escritura de una serie de cuentos. Entonces, mi alma lo advirtió."

— ¡Nunca lo lograré! —se decía mientras se dirigía al Viel Eurol, un restaurante justo al lado de su casa.

El escritor repetía sin cesar aquella frase; no sabía cómo comenzar su nuevo proyecto. Tenía algunas ideas interesantes y finales inesperados ya esbozados. Pero quería intentar una experiencia completamente nueva.

En vano intentaba empezar la escritura con “Como un funámbulo sin red...”

De hecho, en sueños, se había visto con un deslumbrante traje de circo.

“¡Felliniano!”, se había oído decir mientras dormía. Se había visto sosteniendo un enorme lápiz a modo de balancín.

Trataba de mantener el equilibrio sobre una larga línea de plomo. Trazada en el aire, no estaba sujeta a nada. Parecía infinita.

Debajo, el vacío. Alrededor, copos de nieve caían y se transformaban en hojas de papel en blanco. ¿En blanco? ¡No! No lo estaban del todo.

Había en aquel desconcertante onirismo un vacío, una ausencia; el olvido.

Así pues, interpretó aquellas imágenes como una señal. El simbolismo se había desbordado hacia senderos divinos... como un renacimiento de su vocación.

Por primera vez en su vida, no tendría ningún plan de trabajo trazado.

Era un domingo por la mañana del mes de julio. El gran escritor de un metro noventa mataría el tiempo haciendo el payaso.

A veces, burlón, se divertía interpretando el papel de un escritorzuelo de mesa esquinera.

Como solía decir: “Hay quienes son pintores de domingo. Esas manos ingenuamente hábiles que buscan hacer contemplar sin impresionar. Yo soy un escritor aficionado que intenta impresionar a su propia imaginación”.

Mientras se entretenía con sus pensamientos, se dirigía al Viel Eurol para relajarse dando espectáculo.

¿De incógnito? Cada vez menos, pues las camareras ya empezaban a bromear cuando lo veían entrar de punta en blanco, disfrazado, con cuaderno y bolígrafo en mano.

— “¡Buenos días, señor Pascal! Eh, Pierrette, ¿limpiaste el espejo? ¡Llegó el señor que se echa polvo en los ojos!”

Bromeaban así cada vez desde aquel día en que por fin comprendieron que la actitud del escritorzuelo... no era más que un juego.

Había invitado a un amigo a engañar al personal del café disfrazándose con los mismos accesorios.

Porque siempre reaccionaban un poco cuando lo veían con un sombrero de fieltro negro decorado con una larga pluma de ganso y una capa “verde vejiga”.

Se envolvía en aquella capa de terciopelo verde incluso en los días de calor extremo, la cual, según él, le daba un aire de poeta.

La camaradería, la complicidad y las confidencias se habían instalado desde entonces entre las camareras y el extraño señor Pascal.

Las dos trabajadoras lo observaban ahora sin el menor pudor cuando reía a carcajadas.

Y eso justo antes de fingir inspiración para perturbar la tranquilidad de algunos apáticos bebedores de café.

A veces, Claire y Pierrette ponían también su granito de sal cantando a capela el fragmento más popular de Carmen.

Gracias a su encanto en decadencia y a su esbeltez anulada por la edad, el brillo de aquella puesta en escena tranquilizaba a los clientes sobre la seguridad del lugar.

— ¡Gracioso!... Pero ni se les ocurra intervenir —les decía con aire hábil y falsamente altivo.

Esa advertencia amistosa la señalaba en clave: un guiño o un dedo en la oreja, según su humor.

A veces las prevenía con una semana de antelación, para evitar que se inmiscuyeran en su actuación.

En escena... exclusivamente, y tanto como fuera posible, los clientes de paso y él.

Por supuesto, cuando el señor Prahalistic, el dueño del café, llegaba por sorpresa... para robar dinero él mismo para el casino, el juego en el que participaban las camareras era muy distinto.

Vigilaban a su jefe.

Fue Pascal, de hecho, quien vio al señor Prahalistic con las manos en la caja, minutos antes de que acusara a sus empleadas de robo.

Desde entonces, el comerciante pregunta, con sonrisa de niño pequeño, si su esposa ha pasado antes que él.

En esos momentos no había puesta en escena alguna.

A unos minutos a pie de la casa de Pascal, aquel lugar era relativamente grande, pero acogedor.

En las paredes laterales colgaban pinturas con el barniz ligeramente amarillento.

A primera vista, parecían réplicas de esas mismas fotos clavadas en la pared, cerca de la caja.

¿Un deseo de crear postales? Da igual.

El mostrador: un pequeño espacio para la caja y una vitrina tentadora de pasteles.

El escritor esperaba que su lugar preferido estuviera libre: la última mesa redonda al fondo del local.

La mayoría del tiempo, solo había una silla.

Pequeñas desgracias ocurrían cuando aquella silla estaba ocupada.

El interés, o mejor dicho el afecto, que Pascal sentía por aquel punto de vista, provenía de los espejos de cuerpo entero colocados frente a frente, cerca de la salida de emergencia. Eran los detonantes de su transformación en actor con capa.

Pero se detenía siempre para desear los apetitosos baklavas, la tarta Selva Negra casera, la Reina Isabel, la tarta Ópera, el pas... Durante unos instantes olvidaba su rincón favorito para relajarse.

Por costumbre, ya se veía frente a los espejos, echando un vistazo a su rostro medio cubierto por el sombrero con pluma.

Luego se imaginaba convirtiéndose en una persona completamente distinta; asumía la piel de sus personajes.

Aquel hábito lo había adquirido mientras redactaba su última novela.

En simbiosis con ellos, envidiando sus vidas literarias, aunque la obra no estuviera publicada, estos lo estimulaban.

El alma de Pascal aún no se había transformado cuando se volvió al oír abrirse la puerta y aparecer una mujer de rara belleza.

Un metro setenta y cinco, aproximadamente. Esbelta. Pecho tímido, pero orgulloso. Cabello castaño sedoso cayéndole sobre los hombros, cortado recto justo por encima de las cejas para ocultarle la frente.

Ojos avellana, sanos, brillantes y cautivadores, donde la luz parecía bailar.

Estudiaba el lugar.

Con una elegancia sencilla, sin excesos, llevaba un vestido beige con delicados motivos florales multicolores.

En los pies, unos encantadores zapatos planos amarillo claro y puntiagudos.

“¡Avellana vertiginosa!” Pascal estaba cautivado por el color de aquellos ojos.

En una fracción de segundo, creyó percibir en esa mirada algo parecido a un río de colores.

Aquellos ojos le daban la impresión de humedecerse con la menor emoción.

Sus iris, que pasaban del verde absenta al azul cerúleo, rico y puro, le daban la impresión de contemplar una paleta de artista.

Como si dos colores espectrales quisieran fundirse por ósmosis.

Nunca había vivido una impresión semejante; un instante lacónico, una fugaz ruptura de eternidad.

Vivía aquel encuentro como si estuviera sentado frente a su teclado o en cualquier otro lugar, lápiz afilado en mano, escribiendo con la más intensa inspiración.

Aquellos ojos lo hechizaban tanto que las frases chocaban en su interior, extrañamente parecidas a palabras que vivieran un dulce karma.

— “¡Verde vertiginoso y fluyente como un río!”

¡Otra pieza del rompecabezas! Otra frase pronunciada durante su sueño.

A aquella expresión subconsciente se había añadido una cascada de incontables hojas de papel.

De hecho, ahora recordaba aún más.

También había soñado con innumerables fotografías cayendo a su alrededor. En todas aparecía el mismo rostro.

El de aquella mujer de ojos feéricos que venía a cerrar su visión.

¿Onirismo intuitivo? ¿Premonición?

Continuará...