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NIELLE
NOVELA
art-felx.com

CAPÍTULO XII

Decisión súbita. ¡Dirección cocina! … Una ensalada verde, deprisa. Un bocado, dos, … no más; acompañada de un vaso de té helado. Al no haber ingerido nada en todo el día, pone así fin a su breve alboroto de psicópata, a su ayuno de soñador rechazado.

En la calle, un niño demasiado cansado se hiere; rodilla izquierda raspada. No hay necesidad de oración: se ha levantado solo. Es el aprendizaje de la vida. Desarrolla su umbral de tolerancia al dolor.

Damien, por su parte, mira de reojo la foto de Nielle, plana sobre el suelo. Semejante a la transparencia de un fantasma, da testimonio de su supervivencia al naufragio del soñador. Sin embargo, el objeto lo cansa. Esa mirada fijada para siempre hacia la izquierda, insondable y obstinada, le recuerda que nunca viajaron en la misma dirección. Hacia los mismos sueños…

Mediante continuas reflexiones, desaprobaba los vacíos de aquellos días; esas horas despojadas de los pasos de Nielle y de sus simulacros fallidos que la denunciaban.

— ¡Estas esperas criminales me torturan! Si tuviera la facultad, expulsaría ese tiempo esclerótico que me hipnotiza como un reloj de arena por cada uno de sus granos de arena… movediza de pesadillas.

Empujado por mi sombra, me he desalojado, retirado, de la existencia de Nielle. Ahora agoto mis energías reteniendo mi propio espectro y sus intenciones maléficas. Si me hubiera sido posible aprehender la obsesión solapada de mi soledad y el odio que se propaga a mi alrededor, las habría trabado y barrido, esos relieves funestos de mi personalidad. — ¡De qué sirve! — Ante este deleitable delirio, esta admiración desenfrenada e infantil de la belleza de Nielle, es la narcosis.

Y sin embargo ella, ingenuamente inocente y víctima de mi paciencia atrofiada en el encanto y sus preámbulos; sin embargo ella, superviviente de mi perseverancia destructiva en mis intentos de recuperación, quería ayudarme.

¿Por qué no reconocí su prodigalidad en esas delicadezas que me ofrecía? … ¿La confianza hacia el otro, que quería enseñarme a acoger sin refunfuñar, sin frustraciones? … Intuitiva, porque mujer, ¿no apuntaba a desarraigar a ese extravagante en mí que, enfermizo y poseído, ascendía en amor hacia ella? En suma, una domesticación a contrapelo de la realidad y de sus expectativas, en la espera de una comunicación auténtica y sin rodeos.

Hoy me rechaza como una miel envenenada. ¡Un artista loco, delirante! … Sin embargo, solo estoy un poco confuso en la cabeza. ¡Eso es todo!

El reloj indica las veintiuna horas. De nuevo, la angustia de permanecer despierto. Más de tres horas, y luego olvidar esta jornada agitada de fantasmas que ponen a prueba su razón, su poca lógica. Su cuerpo empieza a sentir los efectos de la acinesia. ¿La fatiga? …

Síntomas esquizofrénicos, que sin embargo controlaba, sirven de amplificadores a esas músicas que flotan en el éter de su imaginario torcido mientras se hipertrofian. Sin ser más claro, todo es más tangible. Sus tormentos, sus heridas…, todo está tan vivo, tan real, que su cráneo le parece atravesado por modulaciones sepulcrales. Esas sombras, esos pasos, esas voces impecables inmovilizan su insignificante racionalidad. Recuerda haber magnificado la idiotez hasta su paroxismo…

Expulsándose de un sueño, preparando su café, como un posdata a la noche, Damien fue atraído por una luz blanquecina que difundía la mañana. Nevaba. Ya, la coraza sucia y gris de la ciudad se embellecía con un desierto blanco: “Quince centímetros de precipitación…”, decían por la radio.

Al detectar el peligro de que Nielle resbalara, cayera, se hiriera o incluso, tristemente curioso, de que le costara escabullirse de él, Damien decidía facilitarle el descenso, la salida, su huida cotidiana.

Con el estómago vacío, sacando fuerzas de flaqueza, apoderándose de una pesada pala cuyo mango repiqueteaba en la embocadura de la hoja, divagaba mientras ejecutaba su buena acción. Un golpe de pala, el impulso de un sueño… Otra palada cargada de hadas cristalinas inspiradas por el conjunto de los copos desplazados, luego otra y otra más, todavía… Finalmente, brillaba al pie de la escalera despejada no el resultado bruto de aquel servicio, … una vulgar loma de nieve; sino la suma poética de besos, pensamientos y tocamientos clandestinos. Un deseo incógnito de un blanco resplandeciente.

Terminada la obra, recobrando el aliento, meditaba sobre la idea de informar a Nielle de que él era el artesano de aquella agradable faena; de que, por ella, había hecho soñar un poco a la ventisca.

Buscando anotar su tiempo, Damien “Quijote” cargó entonces su arma con la nieve mágica y embistió a toda velocidad la boca del dragón. La puerta del tercero. — El cancerbero no retrocedió ni una garra ni un colmillo; ni siquiera rugió. Temerario, don Damien retiró un guante mojado y, con su índice rígido por el frío, inscribió en el polvo opalino que hipnotizaba al monstruo fingiendo la muerte, el siguiente epitafio satírico: “La pala enmascarada”. Con la esperanza de que la reina Nielle captara la astucia del parónimo: “La llamada enmascarada”.

Luego, en un gesto de caballería, hizo una reverencia e invitó a apoyarlo en los próximos enfrentamientos del invierno a su pala, a la que apodó, por supuesto, “Sancho”. — Ahora bien, aquel año casi no nevó.

***

Cuanto más progresa en sus “rememoraciones”…, más asimila con aprensión las fallas de aquella época, describiéndolas como malignidades clownescas, más constata que se enclaustraba en tendencias abandonistas. — La manada, a la que miraba de reojo como pertenencia, la identificación con la especie, lo rechazaba ferozmente. Lo expulsaba por nada, forzaba a Damien a una especie de cuarentena interminable, hasta hacerle sentir que deseaba verlo reventar como una bestia anémica y contagiosa. Sórdidamente, acrimoniosa pero excitante, la hembra que lo habría revigorizado y hecho retozar se manifestaba como la autoridad incontestada del rebaño, ella que alienaba el orgullo del soñador…

A grandes golpes de agujas, se acercaba su cumpleaños. Dieciocho de diciembre; fecha fatídica que rememoraba el día en que la tierra no dejó de girar ante los primeros gritos de Damien. Cortar la edad, atravesar solo una nueva secuencia, lo desordenaba como la usurpación de una tradición.

— ¡Dentro de cinco días será mi cumpleaños! ¡Será la fiesta! "

Esa afirmación que emitió Damien no cubría ni la amplificación de uno de esos discos mensajeros ni mucho menos el discreto ronroneo de su gata, que lo consolaba cuando no dormía. — Por lo demás, por humor y reconocimiento, dominando la lista de sus invitados, subrayada y entre paréntesis, la inscribió allí. En primerísimo lugar, como un privilegio que burlaba por juego el nombre de su hija; por travesura, los de Mylène y del amante; como una deferencia que bromeaba sobre la lealtad recíproca, los nombres de sus amigos comunes; como una concesión a lo superficial, el del estudiante de poesía enológica y, finalmente, en último recurso, el de “Nielle”.

En las horas siguientes, con el fervor de un adolescente que gasta su dinero de bolsillo en un salón recreativo, hizo provisiones. Luego, al telefonear a sus allegados, hizo subir al máximo la puntuación de su estima hasta hacerla tilt. Pero, tenaz, combatía a un héroe negro acéfalo, su sombra, que buscaba el abandono en la vigilancia de los pasos de la musa. Fue en ese estado de ánimo como se preparaba para recibir a sus diecinueve invitados en su reducto reorganizado y decorado con toda la fantasía que le concedía la utopía de recibir a su vecina. Ella que, sin embargo, no acudiría a aquella celebración, según las alegaciones de su informador Carlos.

— Si me la encuentro, le pediré que venga a tu fiesta. " decía, completando con explicaciones filamentosas: "No estoy seguro de que vaya; casi nunca está allí. " Implícitamente, esas palabras confirmaban a Damien la presencia, al menos ocasional, de Nielle en su vivienda.

A pesar de la benevolente seguridad que había extraído del giro equívoco del estudiante; el soñador, anfitrión bonachón, mantenía la esperanza de ver a Nielle integrarse en su círculo de amigos. Deseaba verla congeniar con Lysianne y enterarse por Mylène, su ángel de confidencias, con un asombro cierto, de que él ocultaba cualidades insospechadas. Anticipó esas alegrías que implosionaron ante la evidencia de la retirada, ante el desengaño de la deseada. Como pudo, se esforzó en responder a las sonrisas que le dirigían o en bromear con una fórmula de humor seco ante los buenos deseos que le formulaban.

Todo el calor humano, la cordialidad del grupo, no lo protegía del desprecio, de ese frío dirigido desde el tercer piso. La jovialidad probada de la celebración no atenuó la extraña reacción gélida. Ese absentismo prolongado y, sin embargo, previsible de su musa, esa tara en la armonía de su cumpleaños, esa vacuidad en su corazón; en suma, la gracia que lo desdeñaba como un jansenista, drenó su exuberancia hacia emociones más apagadas, haciéndolo manar en lo dramático desde los primeros adioses.

Esa actitud tristemente desagradable para su entorno no mejoró hasta el último adiós, en una euforia mitigada. Sin que el alcohol hubiera corrido a raudales, acabó, sin embargo, hundiendo a Carlos, que durante toda la noche no conoció el placer, ni siquiera por un breve instante, de ver sus labios soldarse el uno al otro. Él que, desde los primeros tragos, bajo el gobierno del vino, como para sembrar cizaña, aburría a los mejores amigos de Damien, vanagloriándose ante ellos de ser el más cercano.

Engañando a la soledad con la ayuda de su felino, que salía prudentemente de su escondite una vez desaparecido el alboroto, en una austeridad suavizada por la noche, proseguía su calvario que ninguna interrupción había sometido.

***

El soñópata no se atreve a mirar más que la luna en ascensión; semejante a una clepsidra modificada, funcionando por la luz, imprecisa hasta omitir preciosos segundos, pero bastante formal para iluminarlo en el visionado ecléctico de la saga.

Hasta ahora, por medio de su mnemotecnia de autodidacta, dos elementos lo han turbado realmente por sus resurgencias. La confesión en música, Ferré, “…avec le temps…”; así como aquella frustración ineludible y desamparante suscitada por la maniobra de Lou y Carlos interceptando sus cartas de amor. El primer aspecto subrayaba cierto alocentrismo de su bella; el segundo relevaba llanamente de la injusticia. Esta breve puesta a punto para lanzarse mejor hacia lo que le queda de recuerdos por descifrar…

Refractario a la idea de poner orden en su cuchitril inmediatamente después de aquella recepción, lograda según los comentarios de sus convidados, Damien no se reinstaló en sus hábitos sino al día siguiente, tarde al final de la jornada. Gran limpieza, pequeña pena. Tanto es así, por lo demás, que apenas si el polvo que vagaba aquí y allá no se había vuelto a alojar en sus rincones de origen.

Su gata, que se había asignado a sí misma la ventana del salón, descansaba después de su turno de guardia, vigilante y bien visible sobre el bastidor. Igual que su amo, una vez ejecutada su tarea, iba a tenderse en su cesta de mimbre, sin comer; luego se dormía en su lecho, donde soñaba a garras cerradas.

Descuidando su vigilancia, Damien se relajaba en la cocina en compañía de sus más fieles y más venenosos apoyos, su café y sus cigarrillos. Estos maquillaban su regreso al regazo de sus interrogaciones habituales.

— ¿Por qué no vino a la noche de mi cumpleaños? … Solo tenía que bajar de su montaña. ¿Temía acostumbrarse a ello? … ¿Temía el sarcasmo de mis amigos o la vehemencia de ternuras solapadas, piedra angular de mis fantasías? — Ahora, en esta relación oscura, ella no es más virgen…, más inocente que yo, aunque nuestros raros contactos hayan sido infiltrados, golpeados por rarezas…"

Apenas iniciaba su culpabilización cuando su atención fue atraída al cenit de su almicantarat por una actividad repentina, un alboroto extraño en la cocina de su musa. Voces cacareaban de vez en cuando en aquel barullo; la de Mia, la de Lou, la de Carlos y la de Nielle. Ella tenía derecho a divertirse, a recibir a quien quisiera, a excluirlo de sus fantasías si lo deseaba, y él lo aceptó no sin dificultad en una sabiduría instintiva.

En la banda FM, allí donde la sintonización permanece clásica, se alejaba la soledad emitiendo una soberbia interpretación de un Schubert. — Su gata, que dormía, el regreso del orden, la agradable música y la nostalgia de los rasgos finos de su musa le hicieron considerar que todos esos componentes, equilibrándose unos a otros, justificaban el contexto de la escritura, la redacción de una nueva carta. Pese a la amenaza testaruda de los ladrones de palabras, de la compañía variopinta con la que ella se complacía ingenuamente en ese momento.

Lápiz en mano, señaló el espacio como para indicar a la inspiración el lugar de donde debía brotar. Las bufonadas que circulaban y rebotaban en la medianería de los temas de broma por encima de él lo molestaban. Apuntó entonces al techo, dirigiendo a través de este, como un elixir ondulatorio, la voz de Nielle.

Sacudidas vocales importunaron la felicidad de la escucha; palabrerías mordaces emergieron como gañidos que cortaban en seco el agrado; precisamente esas palabras corrosivas capaces de devastar la despreocupación de Damien. Para dorar su blasón, Carlos, cuya voz no estaba en absoluto afectada por los consumos de la víspera, despotricaba sobre el soñador, vociferaba promesas escabrosas contra él hasta hacerlo estremecer.

— …¡Y me importa un carajo él! ¡Y hasta voy a ayudarlo a mudar su mierda! " Firmaba entonces aquel entrefilete soltando una carcajada, provocando la hilaridad general para satisfacción del núcleo de vecinos.

Soldado a su silla, como un necio miraba ese plano secante que lo protegía por el momento de las amenazas frenéticas de Carlos. Todavía veía, apestando su quietud, al estudiante alcohólico, sus dos manos abiertas sobre las mejillas, dirigiendo hacia el piso inferior aquella afirmación brutal. Estupefacto, el soñador apenas lograba rastrear sus propias emociones para desalojarlas del trauma en el que se implantaban.

— ¡Carlos! ¡Carlos! " Como si se dirigiera directamente a él. "¿Cómo puedo ignorar mis faltas? Pero tú, ¿qué te he hecho? ¿El odio injustificable que ejerces sobre mí no corre el riesgo de caerte encima? … — Quizá te defenderías exhibiéndome mi doble juego, señalándome que te utilizo como recadero de sentimientos. … Entonces te recordaría tu responsabilidad en este quid pro quo de nuestras relaciones, subrayando la enorme pérdida de esas cartas sustraídas por tus manos, por tu conciencia.

Consuélate, Carlos, no eres el único que me odia. Mira a tu alrededor. Pero… ¿qué son vuestras palabras en pirueta maléfica o tu “amistad” sardónica? … Incomparable, frente al desierto árido en el que Nielle seca mi alma. — Ver sus ojos ya no es un deseo, una obsesión; ¡es mi motivación para vivir! "

Levantándose y caminando hacia su taller, se secaba una lágrima naciente en el rabillo de un ojo, procurando evitar las siguientes. No lloraría. Ofrecía una gran resistencia y se persuadía de que ninguna maldad lo alcanzaría; diciéndose que una actitud valiente que constriñera los efectos de esos asaltos modificaría quizá la opinión de Nielle hacia él. ¡A toda costa! Jugar al inocente.

Pasada la subida de llanto, volvió a encontrar lápiz y papeles en su cocina, pues recordó que se disponía a escribir a su bella burlona antes del acoso insospechado.

Arriba, aún reían, pero cada vez menos, alejándose cada vez más del tema de predilección, Damien, el chivo expiatorio.

Ya no tenía que señalar los aires a su alrededor para conquistar la inspiración. El contenido potencial de su misiva serían humildes y maquiavélicas confesiones, estructuradas de manera que catalizaran las falsas ausencias y los silencios coordinados de Nielle. En realidad, Damien apostaba por la estrategia de la musa, pues estaba persuadido de que, al suscitar su curiosidad, la llevaría a descubrirse a sí misma.

Imitando a un águila de caza, el soñador planeaba alrededor de las palabras, localizando las más conmovedoras; se lanzaba hacia ellas con las garras abiertas. Sus presas ensangrentadas, esas palabras víctimas, las transportaba entonces con las alas desplegadas hacia el nido de pasta blanqueada, donde las disponía como trofeos de caza furtiva. De la más conmovedora a la más infalible… De la más entrañable a la más crítica… De la más franca a la más compleja…

(…De la simpatía al orgullo de Nielle. Siendo su estatura inferior a la suya, ¿a cuál de los dos individuos acomplejaría? — Del secreto disimulado a la revelación audaz de una malformación ridícula; una pantorrilla atrofiada, la otra hipertrofiada. ¿Quiénes son Laurel y Hardy? — De la intolerancia extrema a la paciencia cultivada. ¿Revelar que todo se sabe cuando se oye todo, o cómo amalgamar su tiempo a los ecos del otro? … — De la envidia al arrepentimiento. ¿Cesar la persecución de la bella? ¿Definitivamente? … A falta de ser amado, ¿soportar la piedad? ¿Decisión revocable? …)

Al final de los ritos de la mañana, insertaba en un sobre de lo más amarillento su breve texto, que había dejado macerar bajo los consejos de la noche. Amor contra conmiseración, como una moneda de cambio.

Para desviar toda sospecha de su musa, simulaba la partida para un largo paseo mediante ruidos significativos; falsas llamadas telefónicas que advertían al tono continuo de un regreso tardío y, ante la eventualidad de que Nielle lo divisara, se abrigó tan calurosamente que casi se quedaba sin aliento.

Fingiendo que se largaba de casa, se detuvo al doblar la esquina; luego, haciendo allí plantón, dejó que su rostro se enrojeciera de frío, que el hielo le pellizcara las mejillas. Volviendo sobre sus pasos, bordeó las casas pegado a sus muros, semejante a un criminal perseguido; hasta que, revisitando el lugar de sus inofensivos delitos, depositó su confesión en el viejo cofrecillo de madera, que otros antes que él habían forzado y despojado de una fortuna sentimental inestimable. La sonrisa de Nielle.

Distraído por esas mismas preguntas; esas razones que lo sometían a esos comportamientos cautelosos, a esa hipocresía conjetural, hizo golpear sus botas en los peldaños de la escalera, manchando así la tranquilidad invernal. Apenas se hubo escondido bajo el balcón, el ruido rápido del pestillo que garantizaba la seguridad en el tercero finalizaba la percusión.

— ¿Me han visto? " Había llamado la atención. — La puerta volvió a cerrarse. — Avanzó y, con el rabillo del ojo, verificó si el sobre seguía anidado en el buzón… ¡Desaparecido! Había sido recogido. Pero ¿por quién? …

Temiendo consecuencias molestas en el desarrollo de la entrega damiennesca, permaneció bajo la escalera, al abrigo de miradas fisgonas, como para autorizarse a creer que aquellos minutos de inmovilidad al viento, en el frío, borrarían su firma. Impregnado del fracaso de su fingimiento y sin cuidar su papel de paseante que una ventisca seca lo obligaba a asumir rápidamente, en el espacio de dos minutos recuperaba en su casa un libro de psicología prestado por su exesposa. Cuestión de mantener sus relaciones intelectuales de antes del divorcio.

Llegado frente a su antiguo catastro, a apenas cien metros de su tenue refugio, movilizaba su flema de circunstancias, con el interés de intercambiar con Mylène sin demasiadas emociones en la garganta, sin irritaciones en su amor propio; aunque aún la consideraba una confidente segura.

En el momento mismo en que activaba el timbre, como cardando sus nervios, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sin razón aparente, el azar orientó su mirada hacia el taller, desviándolo primero hacia el cielo y luego hacia las ventanas del tercero. Nielle, carta en mano, espiaba a Damien.

Como un topo, sensible a la luz del día, hundiéndose en su galería por instinto de conservación, cerraba sus postigos, retirándose por repulsión.

Duplicando la sorpresa, con la lucidez del soñador galopando fuera de campo, el aura alucinante de su musa se aferraba a la ventana. En la alegría del momento, en una inmensa euforia, habría escalado con osadía los muros del palacio…, pero inútil, pues ese cálido afecto ya se desvanecía en beneficio de felices conclusiones. Demasiado curiosa, ella había sacudido, incluso desagregado, la base de las mentiras del cartel; al dotar a Damien de aquella aparición fortuita, contradecía irónicamente a quienes negaban su presencia.

Pero ¿había faltado a su propia consigna al querer verificar uno de los secretos más sensibles de Damien, una malformación en las piernas? … ¿O había caído en la trampa para mirar al artista, por piedad, una última vez; tranquilizada como estaba por la promesa de no ser importunada más? … ¿O simplemente lo había observado, deseándole desgracias, mala suerte y compañía; porque aún fulminaba de rabia al saber de ahora en adelante que su vecino de abajo podía percibir tanto como ella lo que se decía en el otro piso? …

Verdadero, tangible y sano, otro tipo de amor le silbó una melodía de realidad…

— ¡Hola, papá! " Lysianne, besuqueándolo en el umbral de la puerta, lo invitaba a entrar.

— ¡Hola, Damien! ¡Qué cara tan alegre! Tú traes buenas noticias, ¿verdad? " distinguió claramente la madre de la niña, que besó amistosamente a su exmarido, interesada por los raros momentos de alegría de este.

— ¡Toma! … ¡Hola! Entra, por favor. Con este frío, la casa se enfría rápidamente. " añadía con su voz de bajo el amante, que interrumpía los afectos, las ternuras del antiguo núcleo, con un vivo apretón de manos.

— Perdóname, la felicidad me vuelve distraído… Quizá no haga calor fuera, ¡pero mi moral indica como mínimo treinta grados Celsius por encima de cero! "

Los cuatro reunidos alrededor de una infusión de verbena, Damien les describía entonces sus recientes peripecias. Les contó con detalles y pasiones la configuración de las últimas supercherías, y de las mentiras que derivaban de ellas, el contenido de la carta y su singular técnica de mensajero; pero sobre todo, en un arrebato, en emociones que pululaban bajo sus palabras, les informó de aquella manifestación imprevista, accidental y analgésica de Nielle.

— …¡maravilloso! ¡Ahí está la prueba evidente de que no estoy loco! No se ha mudado, sigue viviendo allí… ! ¿Os dais cuenta? He desbaratado su estrategia a pesar de su malicia, de su astucia para confundirme, para hacerme tragar, como un imbécil, que vivía en otra parte. Incluso ella…

— …ella te ha sacudido bastante. " blandía François, quien, asombrado por su propia respuesta a la emotividad del soñador, orientó la conversación hacia esferas más concretas, subito presto y como si nada. "Damien, tengo un favor que pedirte…

— Con gusto, ¿cuál?

— Me gustaría completar una cinta de canciones de los Beatles que no puedo terminar aquí…

— ¿Quieres usar mi tocadiscos?

— Sí, la aguja de mi giradiscos está mal puesta y la tuya es nueva. Busco la mayor fidelidad, la mayor musicalidad posible.

— Bah, no veo objeción… Pero habrá que controlar el volumen del sonido, para evitar que Nielle interprete tus selecciones como un zafarrancho de galantería. Eso podría amplificar la confusión y romper la eficacia de mis conversaciones con su sensibilidad. " decía Damien, rascándose la nuca como para solicitar recomendaciones suplementarias de su subconsciente.

— Quédate tranquilo, tomaré precauciones, aunque mantengo la opinión de que ella no es más que una mujer-sirena que busca destruirte.

— ¡Por favor! …" Para olvidar que aquella verdad le hacía daño, sin dejar que ni un segundo marcara el tiempo, se dirigió a Lysianne. "Prepararás tu equipaje para mañana, nos vamos al campo por Navidad, ¿de acuerdo, hija?

— ¡Sí, papá! … ¿A qué hora pasas a buscarme?

— No lo sé exactamente. Pero seguramente al final de la tarde.

— Tiene muchísimas ganas. Hace al menos una semana que habla de volver a ver a su prima Natasha. " señalaba Mylène, que, acariciando al mismo tiempo el cabello largo de su hija, autentificaba el entusiasmo de esta más por ese gesto maternal que por la palabra.

— Dime, Damien, … si me dejas las llaves de tu vivienda, podría grabar durante tu ausencia, ¿no? …

— ¡Buena idea! De todos modos, Lysianne tiene un duplicado. "

Damien se sentía cómodo en aquel entorno no conforme a las normas sociales de entonces. A veces incluso, aquella amalgama le daba aires de patriarca; pero esa casa que había recorrido durante casi diez años lo aburría. Un vacío le pesaba. Así que los dejó entre besos filiales y sus clásicas reverencias bufonescas para recuperar, en la calma de su refugio, ondas extraviadas, esas fracciones de vida que Nielle derramaría sobre sus alas. — Allí, examinaría su cielo propio, su firmamento personal, aunque disimulado por una nube de boiseries blancas. Pero su radar de corazón captaría aun así el brillo de una estrella. Una sola. Evadida de una nebulosa oscura… Siempre allí, por la irradiación del astro, los sueños se aglomerarían, se soldarían unos a otros, formando más que un planeta, … ¡un paraíso! Un edén indecible, tanto sería mundos y maravillas. Luego, sus imágenes de otro universo revolotearían hacia la musa para reabastecerla de energía con la esperanza de un recomienzo, como un ciclo perpetuo, un alimento infinito.

Sin embargo, el soñador tenía un apetito voraz, gargantuesco; engullía, tragaba ávidamente todos los ruidos, todas las palabras de Nielle, insaciablemente. Pero esa avidez de escuchar, esa felicidad inofensiva transitó por una vena desgraciada aquella misma noche, como el defecto de una cualidad que ya no se retiene.

Tras la última carta, se veía obligado a retirarse, a abandonar todo elogio poético o musical a la musa, la supresión absoluta de sus encantos informales. Ya no podía recurrir a la música para arrancarse de sus ensoñaciones o intentar acallar sus deseos; en aquel sufrimiento con aires de éxtasis, debía en adelante abstenerse de comunicar. Obligarse a permanecer mudo y todavía más oculto que Nielle.

El comienzo de ese período de abstinencia se caracterizó por un insomnio casi total. Solo logró dormirse imaginando el suave ruido de sábanas de satén rozando el cuerpo de la diosa, sellando para la noche sus impulsos.

***

Mediodía. — Semejante a una alarma, pasos en la escalera. — Por reflejo, más que por costumbre, se lanzó hacia la ventana del salón. Sin sentirse intimidado por su desnudez —un soñador siempre duerme desnudo—, vio al otro lado de la calle a Nielle, Marc y su hijo prepararse para partir por el descanso de la Natividad.

Los tres se ocupaban de colocar convenientemente y de manera ordenada los equipajes de Nielle junto a los suyos en el maletero del auto del amante más regular de la musa. Esa encantadora madre de ocasión parecía reavivar con su presencia la libido creciente del hijo de Marc. Inocente e ingenuo, con expresiones coloreadas de sueños similares a los del soñador, no dejaba de sonreír cuando se dirigía a ella. Sin embargo, Nielle estaba claramente preocupada. Su concentración se repartía entre aquella atmósfera familiar de felicidad y el artista al que miraba de reojo, sin malignidad.

Él, siempre sin vergüenza, tan espectador como espectáculo, se erguía inmóvil y se felicitaba por su golpe de genio del día anterior. Estaba seguro de que su musa pensaba en él, no a causa de su piel pálida lavada y realzada por los rayos del sol, ni por aquella carta de revelaciones y abandono que le había escrito. No. Estaba seguro de que aquel estado se debía al simple hecho de que ella debía de estar patas arriba, desorientada por no tener ya que esconderse de él, o incluso más, marcada por no saber cómo hacerlo en presencia de esas personas. Esos seres cercanos que, con toda evidencia, no podían, en el acto, convertirse en nuevos cómplices. Gracias a su imaginario, Damien podía leer el embarazo de Nielle, que se interrogaba sobre la técnica de esas asistentes de magos, sobre la manera en que estas se pliegan en esas inmensas maletas donde ilusoriamente las sierran en dos. Pero sus equipajes ya estaban hechos, ya guardados.

Cuando desapareció el viejo auto europeo de Marc, aquella partida recordó a Damien que él también tendría que pensar en prepararse para ir a celebrar la Navidad con Lysianne en casa de sus padres.