UN SECUESTRO EN EL PARAÍSO
FICCIÓN
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CAPÍTULO 7 — LA INVASIÓN

Peluras de Papas había despertado de su metamorfosis. De él ya no emanaba más que un leve aroma a flor de loto.

Como si acabara de salir de un espectáculo de hipnosis, sentía cómo se le teñía el alma de un azul ultramarino de ira e impotencia. Furioso por la ausencia de Toutrec, sorprendido por la de Marilyn, se supo engañado. Ni por un instante se le pasó por la cabeza la hipótesis de un secuestro. Pensaba, más bien, en las reprimendas que le caerían encima. Reír tres veces en servicio, dejar abierta la puerta del paraíso y permitir la fuga de un futuro condenado le valdrían, lo sabía, un largo sermón. Peor aún: durante mucho tiempo lo obligarían a llevar un gorro de nubecillas grises.

—¡Recobrémonos! ¡No vamos a dejar que nos desplumen! Si atrapo a Toutrec, se convertirá en una cerilla de emergencia en el infierno —dijo, explotando de rabia.

Al instante, el ángel penetró en el paraíso con todas las alas desplegadas. ¿Habían quedado abiertas las puertas a su espalda? Le importaba poco, porque no tardaría en encontrar al pequeño alcalde. De todas maneras, como guardián, gozaba de ciertos privilegios. ¡Así que las puertas seguirían abiertas!

Cuando juraba que Henri iba a ver al diablo..., no imaginaba que acabaría convirtiéndose en profeta de desgracias.

Hacía apenas unos instantes de eternidad, en el momento de la tercera risa del ángel, se había acercado discretamente un personaje no menos hábil que vicioso. Nadie lo había advertido. Bajo de talla y perezoso, Minus Cule era un pequeño demonio rojo, travieso hasta la exasperación. Le encantaba espiar a la entrada del paraíso. Adoraba la sensación de fisgonear y mirar bajo las túnicas de los ángeles porteros. Era casi su gran pasión.

Minus acababa de contemplar lo prohibido. Se sentía como un cazador que acaba de abatir la mejor presa de su carrera. Había visto lo que nunca debería haber visto: un ángel dormido, el pánico que siguió a su despertar, la entrada del paraíso desierta y, para colmo del voyerista cornudo..., ¡las puertas abiertas!

Olvidando incluso el placer que habría podido sacar de aquello, corrió a informar a su superior de una oportunidad extraordinaria: el campo libre.

¡Qué patrón tan espantoso! Piénsese lo que se piense... su verdadero nombre era Rosa de los Vientos.

Al oír su nombre, muchos hombres inflarían el pecho, asegurando que siempre habían sospechado que aquel monstruo era una mujer. Sin embargo, aunque lleve nombre femenino, su cuerpo tiene toda la apariencia de un hombre. ¡Que las mujeres no acusen demasiado pronto ni se rían! ¡Señores, señoras! Rosa de los Vientos es un ser asexual. Consecuencia: una frustración espantosa. ¿Su arma predilecta para liberar su libido perturbada? Utilizar el sexo ajeno deformando sus fantasías.

¡Rosa se parecería entonces a un hombre cornudo de dimensiones desmesuradas! Calvo, luce con orgullo —eso salta a la vista— una barbita de adolescente. Sus pies no son pezuñas, sino cuatro dedos gordos que parecen pelearse entre sí. Tiene los ojos rojos de un cansancio malsano y de un exceso de alcohol adulterado. Su piel es de una blancura asombrosa, más pálida que la de un albino. Falta de felicidad al sol, dicen. Y el nombre de Rosa de los Vientos le sienta a la perfección, pues posee una facilidad natural para la flatulencia. ¿No se ha dicho siempre?: ¡Huele a diablo!

Durante cientos de siglos, Rosa había alimentado el incansable deseo de invadir el paraíso. ¿Tal vez un viejo sueño de infancia? Menos ocupado en los comienzos del mundo, había elaborado un plan de invasión simple y preciso: «¡Atacar!». Ahora se le presentaba el momento propicio para arrasar las alegrías y paralizar el paraíso. Rosa y su pequeño acólito informante no pensaban más que en una sola palabra...: ¡ataque!

Surgiendo de las tinieblas, el general Rosa se lanzó, horquilla en mano, a su obra destructora. Lo seguían, al frente de aquella invasión salvaje, diablillos, demonios, heces aladas, diabluras y demás invenciones tristes. Ya no quedaban más que unos pocos carceleros de cola puntiaguda vigilando a los condenados.

La inmensa y mágica biblioteca del vestíbulo del Edén fue el primer lugar profanado. ¡Saqueos! ¡Destrucción! ¡Delincuencia! Sin contención alguna, la pandilla hojeaba todos los libros, mezclando las páginas. Los directorios, censos, registros, listas universales de vivos y muertos, todos los libros sagrados de toda índole y de todas las religiones allí reunidos, fueron profanados con avidez. Toda la biblioteca y su contenido quedaron manoseados.

Así podían encontrarse, en un libro santo antiquísimo, datado de miles de años atrás, pasajes que exaltaban las virtudes de la libertad sexual promovida por sectas contemporáneas. Del mismo modo, los diablos atribuían a unos santos milagros realizados por otros. Todos los profetas separaban las aguas... en horizontal. Apareció incluso una nueva referencia: se crucificaba a Civa; de ahí el problema de tener una cruz en forma de estrella de siete puntas. Hasta los falsos profetas probaron la medicina de Rosa de los Vientos: por fin empezaban a decir cosas inteligentes.

Aquellos desmanes provocaron una enorme conmoción entre los vivos. En la Tierra, todo ocurría como si Henri hubiera sido el último muerto.

A pesar de una planificación sofisticada y casi milenaria, el plan tenía una falla considerable. Un efecto de rebote. La alteración del tiempo y la consecuencia imprevisible de impedir que los seres humanos murieran. Así, en el mundo de los vivos, se veían ejecuciones interminables. Accidentes normalmente mortales sin una sola pérdida de vida, asesinatos frustrados y moribundos incorruptibles. ¡No era fácil desayunar con balas en el estómago!

Difícil también regresar a casa después de un accidente, completamente borracho, ¡con una pierna bajo el brazo! Las empresas funerarias se declaraban en quiebra. Los taumaturgos se quedaban sin trabajo. Los sepultureros reciclaban los ataúdes, a buen precio..., como cajas para jabón.

Los predicadores exaltados ya no podían bramar en sus sermones. Sus argumentos y amenazas rutinarias se volvían inconsistentes. No dejaban de decir disparates. Fabricaban perlas que hacían reír a carcajadas hasta a los joyeros incultos. «Irán directamente al infierno si nuestras ganancias no aumentan la semana próxima». «¡Arrepiéntanse, pobres de espíritu!». «Que los humildes se envanezcan...»

Rosa acariciaba con sus dedos blancos aquel árbol de hojas plateadas. Los colores cambiaron, como en un otoño cruel y provocado. Las hojas rojizas cayeron en ese mismo instante. El general de los Vientos habría querido tener ángeles a su disposición solo para oírlos blasfemar ante el caos.

Pero, ¿dónde estaba Dios? ¿Existía todavía?

Después de sembrar el caos en la entrada del paraíso, los primeros destructores infernales avanzaron hacia el interior. Entraron triunfantes por aquellas puertas cuyos umbrales mancillaban con su paso indeseable. Sin embargo, avanzaban sin ruido ni gritos, con la seguridad de sorprender a todos para establecer allí su reinado.

Crueldades, sadismos. Cada ángel que encontraban a su paso era generosamente rociado con melaza de la más pegajosa. ¡Sus vuelos en busca de ayuda... anulados! Los diablillos vertían jabón líquido rosa en los aros de luz de los santos. Sus intentos de oración ascendían en burbujas de jabón que nunca estallaban.

Los pequeños demonios sacaban partido de mil trucos almacenados en sus sacos. Como en Halloween, ofrecían un chicle especial a las almas que lo masticaban, por voluntad o por fuerza. Producto de la confitería satánica, bajo un sabor a viejos caramelos de menta se ocultaba una terrible sustancia amnésica. ¡Nadie recordaba ya su nombre!

Considérese la siguiente conversación...
—Hola, me llamo... ¿Me llamo?... Eh... Dime primero el tuyo...
—¡Claro! Ya no lo recuerdo. No, ¡tú primero!
—De acuerdo, mi nombre es...
—¿Nos conocemos?
—¡Pues! No me acuerdo de ti.
—¡Yo tampoco! ¡No me acuerdo de mí!
—¿Nos acordamos de nosotros?
—Solo recuerdo que no nos acordamos.
—¡Eso ya es algo! A ver... ¿qué estábamos diciendo?... Pero ¿quién eres tú?

De grupúsculo en grupúsculo, aquel estado generalizado de amnesia alimentaba un fenómeno de déjà vu sin precedentes. ¡Insólito! A eso se sumaba el polvo que arrojaban a los ojos. Cualquier cosa, o cualquier alma, alcanzada por él... adoptaba el aspecto de un espejo. ¡Aquel talco mágico daba mucho que pensar!

Otra de las calamidades... Mediante un encantamiento fastidioso, y a través de extraños altavoces, se permitían difundir las últimas grabaciones de Rosa de los Vientos. Como bocas de alcantarilla de las que brotara una música todavía más mortecina que la de los viejos ascensores.

No nos eternicemos...
Pero, ¿dónde estaba Dios?... Una pregunta que, por lo visto, el diablo no se hacía.

Su ejército avanzaba con una rapidez inimaginable por el paraíso. Una contraofensiva de las fuerzas del bien parecía impensable, nula, imposible. Rosa sabía perfectamente que se divertiría durante mucho tiempo, pues sabía también que jamás invadiría el paraíso entero. Ser... infinito es uno de los principios de la eternidad.

Ningún ángel, ningún santo, ninguna alma del paraíso habría creído jamás en semejante catástrofe. No había defensa, porque nadie había imaginado que un cambio tan inmenso pudiera ser posible.

Creer que se sabe todo es ignorar lo esencial. El paraíso terrenal, donde Marilyn y Henri permanecían ocultos, no había sido alcanzado por la invasión. ¿Un efecto de la magia divina?... Ningún diablo había penetrado allí. Aún no.

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