Después de haberse alimentado a grandes sorbos de comida espiritual, la huida prosiguió con renovado ímpetu. El líquido almibarado del río les proporcionaba la energía y, sobre todo, la gracia necesarias para alcanzar las montañas de colores, de modo que siguieron avanzando, cada vez más adentro del paraíso. Atravesaron tierras encantadoras y maravillosas, valles exuberantes y llanuras perfumadas. Delicias para los ojos, voluptuosidad para el olfato.
Cuando se cruzaban con medio lunas en armonía, él le pedía a Marilyn que le tomara la mano. Ella no se lo negaba. La artimaña tenía un doble objetivo: pasar desapercibidos y rozar el aura de Marilyn.
Todo se volvía pretexto para frotar su alma contra la de su adorada rehén. Incluso llegó a fingir que una astilla se le había clavado en la yema del pulgar. Ella, como si aceptara la orden, fingía extraer el objeto. Manipulaba lo inexistente como si se tratara de porcelana invisible. Tal era la delicadeza de su gesto que la herida casi parecía real.
A veces intentaba impresionarla o hacerla reír para ablandarla todavía un poco más.
Bromista, Henri se entretenía construyendo, en la cavidad de algunos árboles, inukshuks con pequeñas piedras del paraíso. Hizo uno que lo representaba tal como era: desnudo. Y eso, gracias a una pequeña piedra alargada.
Así fueron avanzando, sin demasiados obstáculos, hasta la región montañosa. Según los medio lunas Isaac Newton y su compañera, la señora McIntosh, muy cerca de allí se extendía una zona prohibida.
Nada hacía pensar en un territorio «prohibido el paso». La zona quedaba delimitada por un largo sendero, cuyos surcos habían sido trazados por el paso frecuente de rebaños de vacas de cuernos blandos y transparentes. Justo antes de franquear los límites del perímetro, percibieron una voz cavernosa transmitida por el pensamiento. El mensaje era una recomendación tajante: darse media vuelta.
—¡Dense la vuelta! ¡Y deprisa!
No teniendo en realidad otra opción que transgredir la prohibición, e ignorando la severa advertencia, entraron en la zona. Atónitos, oyeron con toda claridad que la voz se manifestaba de nuevo. Esta vez, era el oído el que se veía requerido...
—Ahora que ya están aquí, caminen de puntillas. Falsos piadosos... Más vale un visitante discreto que un voyeur ruidoso. ¿Qué estoy diciendo?
Henri estaba agitado, porque cualquier cosa podía ocurrirle. Marilyn, por su parte, parecía más desconcertada e intrigada. Miraba a su extraño secuestrador esperando que la tranquilizara. Acababan de entrar en una tierra no frecuentada. No había allí bienaventurados, ni medio lunas, y menos aún ángeles.
Encapuchados en su ignorancia, ambos acababan de poner los pies en ese maravilloso dominio de Dios: el paraíso terrenal. En tiempos remotos, unos humanos habían vegetado allí. Sin apellido, apenas dos nombres muy conocidos, probablemente para proteger su vida privada: Eva y Adán. (En el paraíso se dice al revés, porque se prefiere ser educado).
Por nostalgia, Dios había trasplantado este jardín temporal a la eternidad. Allí donde la famosa manzana fue mordida. Aquel lugar, aunque de dimensiones impresionantes, parecía un mini bonsái en medio de una Amazonía inmensa e intacta, adornada con incontables secuoyas.
Ni por conocimiento ni por leyendas celestiales... Marilyn había oído una sola palabra sobre la existencia de aquel territorio divino perdido en la eternidad. Nunca se le había revelado nada. Salvo una pequeña sospecha. Las nubes blancas en el cielo azul —siempre en movimiento y en formación— servían de mapas geográficos de la eternidad movediza. Un día... había notado una que nunca cambiaba. Inmutable.
La voz ya no se oía. Reinaba un silencio absoluto. No había alma viviente en los alrededores... Henri ya no imaginaba nada desagradable. La muerte ya no podía asustarlo; la eternidad sí, porque temía caer en el infierno.
Desoyendo todo aquello, subió una de las colinas del primer parque de la humanidad silbando. Luego se detuvo. Zen. Contemplando el horizonte, lágrimas perladas corrían por sus mejillas como dulces cascadas.
A lo lejos, más que magnífico, un crepúsculo decoraba un rincón del paraíso. Como testigos, como cómplices, miles de otros soles participaban en aquel acontecimiento. Este sol, que por el momento eclipsaba a los demás, iluminaba el paraíso. Alternándose, aquellos astros se divertirían jugando al escondite con el horizonte.
Todo ello componía un espectáculo fenomenal y sin fin. A Henri le recordó los móviles suspendidos sobre las cunas de los recién nacidos: danzando en un movimiento de carrusel, girando alrededor de una luz mayor. Parecía una coreografía de energía. Los amantes se exhibían ante las estrellas. Según el punto de vista, gozaban de una visión directa de la realidad. Cosmos o simple cielo estrellado, a merced del éxtasis.
Marilyn se reunió con Henri. A pesar de la situación que los enfrentaba, aquella pareja circunstancial contemplaba aquel horizonte mágico.
Al pie de la colina, mal escondido detrás de un árbol al que le faltaba una fruta, un extraño animal los observaba. Un híbrido. La bestia, inmóvil, participaba de una mezcla asombrosa. Parecía un pingüino enorme que hubiera heredado genes de ornitorrinco, cuyos abuelos, quizá, se hubieran entretenido con un jilguero, conservando además ciertos modales. Y, sin embargo, tenía una mirada entrañable.
Con los ojos redondos como balones, la pareja heterogénea se volvió lentamente. «¿Qué es eso?», parecieron decirse, mirando de reojo aquella rareza.
La bestia no se movía. Impávida. Como en un segundo estado. Hipnotizada por la presencia inusual de visitantes en aquel rincón aislado del dominio.
Toutrec salió por fin de su letargo. Orgulloso y feliz de servir de protector a su bella acompañante, infló el pecho como un pavo real dopado con esteroides. Se dirigió a la criatura en un tono de lo más autoritario para alguien de su carácter. Lejos de resultar intimidante. «¡Buh! ¡Buh!», ululaba Henri como un búho afónico.
La bestia, que había heredado del ornitorrinco un pico semejante al de los patos, experimentaba enormes dificultades para hablar: el grado de limitación para comunicarse con claridad era elevado. A pesar de esa discapacidad verbal, el animal se dirigió a ellos con un lenguaje y unas expresiones que, en conjunto, resultaban comprensibles.
—¡No miedo! ¡Esconder empuja... ustedes no! No pánico ustedes. ¿Qué digo?... ¡Aplaudir! ¡Aplaudir! —como si se recolocara el pico del mismo modo en que uno se ajusta una dentadura postiza demasiado floja.
—¡Menos mal que tengo el don de las lenguas! —se jactó Henri.
Luego calló, comprendiendo la estupidez de su intervención. Más aún cuando acababa de advertir que el ser poseía una boca completamente vacía. Ninguna lengua, ningún diente. Ni siquiera el menor indicio de una amígdala.
—No fácil... fácil hablar con pico. Sobre todo cuando pranctica... falta práctica. Esperen pequeño pomento... momento. ¿Qué digo?
La bestia, igualmente intimidada por su presencia, les dio la espalda. Luego, durante un buen rato, se puso a hacer vocalizaciones rítmicas, ejercicios de dicción, calentamientos faciales y golpecitos aleatorios de pico. Cuando volvió a darse la vuelta, encontró a sus dos interlocutores riendo a carcajadas. Se desternillaban al oír a aquel animal, al fin y al cabo bastante simpático, preparándose para articular. Como niños sorprendidos con la mano en la mermelada, inclinaron la cabeza y miraron de lado, bajo fascinaciones fantásticas.
—Espíritu burlón no merece burlas de espíritu. ¿Qué digo?... No los regañaré. Pero, ¿prefieren que me dirija a ustedes por telepatía, como hice antes? —pronunció la bestia con una claridad aplastante.
Con el aliento entrecortado, algo avergonzados, la pareja expresó su negativa con un simple movimiento de cabeza.
—Dios mismo me permitió venir aquí a distraerme. A disfrutar de buen tiempo en este rincón del paraíso. ¿Qué?... Y yo hago la vigilancia. Ya saben, la eternidad en el vacío es larga y monótona.
—No imaginamos qué motivos pudieron llevar a Dios a crear el vacío —preguntaron al unísono Henri y Marilyn, como si se tratara de un interrogatorio exhaustivo.
—No fue motivado, fue un bazard... ¿Qué digo?... Un azar. No recuerdo el día, pero cierto día, cuando se disponía a crear, tuvo un momento de ausencia... Su cabeza, de pronto vacía de ideas, al no crear nada, inventó el vacío. Temiendo que algunos seres pudieran perderse allí, me gritó. ¿Qué digo?... ¡Me creó! Para que yo prohibiera el acceso a cualquiera.
—Si tú estás dentro, ya no es el vacío, puesto que ahí hay algo. ¿No te parece? —intervino Marilyn, empeñada en encontrar lógica en los comentarios irracionales de Tonton Maxime.
—¡Ah, mira! No había pensado en eso. Pensado. ¿Qué digo?... De todos modos, el vacío es tan grande, tan infinito como el propio infinito, que yo no soy nada dentro de él. Dios me ha motorizado. ¿Qué digo?... Me ha autorizado a venir a relajarme en su dominio. ¿Puedo conocer su opinión sobre mis máximas recientes? —inició Tonton Maxime.
Marilyn, halagada, no tardó en responder.
Henri, por su parte, escuchaba distraídamente a Tonton citar sus últimos hallazgos. En realidad, se preguntaba de qué modo aquel narrador podría ayudarlo.