TAPÓN
CUENTOS
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Había una vez, en el infinito país de los sueños, un viejo camino rural por el que era arriesgado aventurarse. Muchos viajeros desaparecían después de cruzarse con un ogro muy grande y muy fuerte. Una leyenda de aquella región cuenta que un mago fue una de sus víctimas.

Aquel camino atravesaba un pequeño pueblo, bordeaba un río y continuaba más allá de las montañas circundantes.

En ese pueblo vivía un hombre apodado «Tapón». A pesar de su ingenuidad, a menudo le confiaban la tarea de cuidar rebaños. Vacas, cabras u ovejas... jamás había perdido un solo animal.

illustration du conte Bouchon

Un día, los más astutos del pueblo, los más bromistas, decidieron poner a prueba la ingenuidad de Tapón. Le propusieron cuidar y alimentar, en la montaña, un rebaño muy especial. ¡Un rebaño de agujeros!

—¡Tapón! —le dijeron—. Tú, el mejor cuidador del pueblo, recibirás veinte monedas de oro si llevas al rebaño que ves allá arriba.

—¡Pero si no hay nada! —respondió Tapón.

—¿Cómo? ¿No ves el rebaño de agujeros? ¡Si está justo ahí! —exclamaron todos los aldeanos, esbozando sonrisas cómplices.

Tapón era ingenuo, pero no tonto. Fingiendo la mayor inocencia, decidió seguirles el juego.

Lo hizo con tanta convicción que los charlatanes terminaron creyendo que Tapón era más loco que ingenuo.

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Tapón hizo creer a los aldeanos que veía agujeros de toda clase: grandes, pequeños, perfectamente redondos, deformes... y muchos más.

Para asegurarse de haberlos impresionado, Tapón adoptó un aire triste. Alegó recordar un agujero que había perdido en un barranco. «Nunca pude volver a encontrarlo, porque los barrancos son agujeros sedentarios enormes que prefieren que los dejen en paz», dijo, saludando al pueblo antes de emprender el famoso camino del ogro.

Unas horas más tarde, se detuvo al pie de una colina verde. Con energía, empezó a arrancar hierba para simular el apetito del rebaño de agujeros. Pensaba engañar a algunos aldeanos invitándolos a contemplar la voracidad del supuesto rebaño. A menudo blanco de burlas, aquella era una ocasión perfecta para tomarse una pequeña revancha.

Pero entre la hierba de la montaña, Tapón descubrió un sembrado de zanahorias. Probó una y la encontró deliciosa.

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Tapón siguió trabajando para perfeccionar su truco. Su empeño era tal que no advirtió la llegada del ogro, que parecía tener muchísima hambre.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó el ogro, relamiéndose mientras se acercaba a lo que imaginaba sería su próxima comida.

Tapón dio un salto. Rápido, y dominando su miedo, intentó convencer al ogro de la existencia de su rebaño de agujeros.

—Estoy alimentando a mis agujeros. Hay que engordarlos antes de que lleguen los grandes fríos.

—¡Pero yo no veo nada! ¿De qué están hechos tus agujeros? —respondió el ogro.

Tapón no tuvo tiempo de contestar. Vio una zanahoria recién arrancada elevarse del suelo y desaparecer luego bocado a bocado en el aire. Parecía un agujero devorando una zanahoria. Extrañamente, aquel agujero invisible proyectaba una sombra sobre el suelo. Como un agujero con... orejas de conejo.

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Tapón respondió con otra pregunta: «¿Y los tuyos, de qué están hechos? ¿De conejos...?»

—¡Pues sí, son conejos! Un día, un mago al que tenía entre los dientes transformó a sus conejos en agujeros. No quería que me los comiera. Se sacrificó por sus conejos. ¡Qué personaje tan extraño! Hoy no puedo comerlos, pero guardo un excelente recuerdo de aquella comida, porque el mago estaba delicioso. Como no soy tonto, alimento a los conejos mágicos con zanahorias. Espero que algún día vuelvan a ser verdaderos conejos.

Tapón estaba encantado de que el ogro tuviera tanto que decir. Aquello le daba tiempo para pensar con más calma.

—Un día intenté comerme un agujero —continuó el ogro—. Debo confesarte que no tiene ningún sabor: a uno le deja un vacío en el estómago. Además, me considero afortunado por no haber aplastado todavía ningún agujero mientras camino. Tengo que fijarme muy bien dónde pongo los pies, ¡porque esos agujeros se multiplican a una velocidad increíble! ¿Cuál es la comida preferida de tus agujeros? —preguntó el ogro relamiéndose.

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Tapón recuperó el aliento y se secó el sudor que el miedo al ogro le provocaba. Si iba a ser devorado, que al menos fuera entre risas. «¡Oh! ¿Mis agujeros? ¡Yo los alimento con ogros! ¿No tienes miedo? Hace mucho que no comen. Están tan hambrientos y tan flacos que, a pesar de mi costumbre de cuidarlos, apenas logro verlos.»

El ogro soltó una carcajada. «¿Yo, comido por un agujero? ¡Ja, ja, ja!... ¿Por esos agujeros? Son tan flacos que ni siquiera se ven. ¿Por qué los alimentas tan mal?»

«Ya sabes... los ogros no pasan por este camino todos los días. ¿Has comido alguna vez agujeros burlones?», dijo Tapón mientras llenaba sus bolsillos de zanahorias. «Yo sé dónde se pueden encontrar muchos. ¡Sígueme!»

Así pues, el ogro siguió a Tapón y a su rebaño de agujeros. Sin miedo, porque no temía a los agujeros; y menos aún a los del pequeño hombre. Aun así, propuso quedarse detrás del rebaño. Por un lado vigilaría a Tapón y, por el otro, decidiría si también se comería a los agujeros del valiente hombrecito.

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Tapón llevó al ogro más arriba, hasta una montaña vecina, y acabaron llegando al borde de una profunda grieta. Entonces vació sus bolsillos y dejó todas las zanahorias cerca de los pies del ogro. Este no se dio cuenta de nada.

El ogro conocía aquel lugar. En efecto, un poco más abajo estaba su guarida, instalada en una cueva.

—«¡Mira, hay una familia de agujeros burlones ahí dentro!...» —susurró Tapón. Luego, con el mismo tono, prosiguió—: «...hay agujeros traviesos que se esconden en los espacios vacíos. Si alguien grita, los agujeros repiten varias veces lo que oyen, y cada vez más bajo. ¿Sabes por qué?...»

—¡Porque eso no es más que el eco! —respondió el ogro.

—¡Sí! Pero el eco lo hacen los agujeros alineándose uno detrás de otro. El último repite con todas sus fuerzas. A menudo está tan lejos que ya ni se le oye —inventó Tapón.

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—¡Pues claro! ¡Al último siempre se le oye muy mal! —aprobó tontamente el ogro... algo desconcertado.

—Si quieres una prueba de lo que digo, no tienes más que pronunciar tres veces la palabra “zanahoria”.

El ogro ya no sabía cómo salir de la trampa en la que su pequeño cerebro de ogro acababa de meterse. Aun así, olía el engaño. Por eso le pidió a Tapón que se alejara, temiendo que intentara empujarlo. Entonces gritó «zanahoria» una sola vez. Y el eco se encargó del resto...

El eco repitió la palabra “zanahoria” muchas veces y, como era de esperar, cada vez más bajo.

Pero aquel eco resonó como una llamada para los agujeros de conejo, que se sintieron atraídos por las zanahorias que Tapón había dejado a los pies del ogro. Vinieron tantos, tantísimos, que el ogro perdió el equilibrio y cayó al vacío, intentando esquivar la llegada de los innumerables agujeros de conejo mágicos.

Tapón se acercó al borde del precipicio. Allí vio al ogro exhalar su último aliento.

Y en ese mismo instante, todos los agujeros de conejo se transformaron en verdaderos conejos.

Tapón bajó hasta la caverna del ogro y descubrió en ella muchos tesoros. Reanudando su aventura, emprendió el camino de regreso para devolver aquellas riquezas a sus legítimos dueños. También trató de consolar a las familias que habían sufrido la pérdida de seres queridos, víctimas del estómago monstruoso del ogro. Los hacía reír contándoles la sorpresa de los habitantes de su aldea cuando se vieron invadidos por miles de conejos mágicos.